26/08/2026

«No sirvo a herejes»: la historia de Julián Romero, el invencible maestre de los Tercios

Por sromero

La historia del Imperio español está plagada de figuras tan interesantes que incluso forman parte de novelas como las del influyente escritor español Arturo Pérez-Reverte. Sin embargo, la realidad, siempre supera a la ficción. En los viejos Tercios españoles hoy nos adentramos en la particular vida de Julián Romero de Ibarrola.

De mozo de tambor a caballero de Inglaterra

Nacido en 1518 en el pequeño municipio conquense de Huélamo, Julián Romero no era noble, ni rico, ni tenía padrinos en la Corte. Era hijo de un maestro de obras vizcaíno y de una hidalga local. En aquella España imperial, donde la guerra era el ascensor social por excelencia, el joven Julián lo tuvo claro. Con apenas 16 años, se alistó en el ejército. Su primer trabajo fue cargar con los bártulos como mochilero y marcar el paso como mozo de tambor.

Pero su bautismo de fuego llegaría pronto, en la mítica Jornada de Túnez (1535) contra el temible corsario BarbarrojaAllí, el joven tamborilero demostró que tenía madera de líder. Tras servir en Italia, Romero acabó en Inglaterra, donde las tropas españolas fueron cedidas como mercenarios al rey Enrique VIII.

En las brumosas tierras británicas, Julián Romero se convirtió en una estrella. En 1546, protagonizó un duelo a muerte en Fontainebleau contra Antonio de Mora, un capitán español que había desertado al bando francés. Romero, apadrinado por nobles ingleses, venció contra todo pronóstico tras varias horas de combate. Su fama creció como la espuma y, tras su brillante actuación en la batalla de Pinkie Cleugh (el llamado ‘Sábado negro’ escocés de 1547), fue nombrado Sir y Landlord por la corona inglesa. Un hito insólito para un humilde conquense.

El regreso al Imperio español

Todo parecía ir sobre ruedas para Sir Julián en Inglaterra. Cobraba una fortuna, tenía tierras y el respeto de la corte. Sin embargo, la geopolítica y la religión se cruzaron en su camino. Tras la muerte de Enrique VIII y los vaivenes religiosos que consolidaron el cisma anglicano, Romero tomó una decisión drástica. Fiel a sus principios y a su fe católica, renunció a sus privilegios, hizo las maletas y pronunció una frase que pasaría a la historia: «No quiero servir a herejes».

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