26/08/2026

El emperador tuerto que convirtió su reino en un baño de sangre

Por sromero

Gobernó apenas dos años, pero su crueldad y su sadismo dejaron una cicatriz imponente en la historia de China.

Fu Sheng fue el segundo emperador de la dinastía Qin de China y uno de los gobernantes que la historia jamás olvidará. Fue uno de esos personajes históricos que cruzó la línea entre el poder absoluto y la perversión. En este caso, en la antigua China, durante el turbulento período de los Dieciséis Reinos, en el siglo IV.

Nacido originalmente como Pu Sheng, la leyenda cuenta que perdió uno de sus ojos en su niñez tras el feroz ataque de un águila mientras intentaba robar sus huevos. Esta discapacidad visual marcó su carácter de forma brutal. Las crónicas históricas relatan un episodio en el que su abuelo, Pu Hong, se burló de él diciéndole que solo podía llorar «un río de lágrimas» por tener un solo ojo.

Lejos de amedrentarse, el joven Sheng protagonizó una escalofriante escena en la que cogió un cuchillo, se apuñaló la cuenca vacía y, con el rostro ensangrentado, gritó: «¡Este es el otro ojo derramando lágrimas!». Aquel acto de automutilación aterrorizó a su abuelo, quien aconsejó a su hijo (el futuro emperador Fu Jian) que asesinara al niño antes de que trajera la ruina a su casa. Sin embargo, Fu Sheng sobrevivió. ¿El motivo? Una extraña profecía astrológica.

El texto profético dictaba que «tres cabras tendrán cinco ojos». El carácter chino para la familia de Fu Sheng contenía el radical de «cabra». Su padre interpretó que la dinastía tendría tres líderes que sumarían un total de cinco ojos, por lo que, al faltarle uno a su hijo Fu Sheng, quedaba claro que él era la pieza clave del rompecabezas. Y, de esta manera, el destino del Imperio Qin Anterior quedó en manos de un sociópata.

Un reinado de terror

Finalmente, en el año 355 d.C., Fu Sheng ascendió al trono y, de inmediato, una oscura sombra de terror se cernió sobre la capital, Chang’an. Consumido por una profunda inseguridad respecto a su ceguera parcial, el nuevo emperador instauró una de las censuras lingüísticas más absurdas y letales de la historia

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